28/07/2026
Días después del terremoto en Venezuela, me pasó algo que no recuerdo haber experimentado antes.
Mis padres estaban conmigo, en Madrid. Estaban bien, todos estábamos bien. Aun así, durante ratos mi cabeza se iba a demasiados lugares, todavía lo hace, menos.
Pero había algo más.
Empecé a hablar con amigos y allegados venezolanos y me di cuenta de que no era la única a la que le estaba pasando. Muchos me dijeron que habían sentido lo mismo: que por instantes habían pensado que aquella podía haber sido la última vez que iban a ver a un ser querido. La última despedida. La última llamada. El último abrazo.
Esa conversación me hizo entender que mi reacción no era solo mía, pero también me di cuenta de que, en mi caso, no tenía que ver solo con el terremoto. Tenía que ver con todo lo que yo ya venía cargando desde hacía años: la ictericia de mi mamá, la influenza, la culebrilla, el COVID de mi papá, la caída de mi mamá…
Cada uno de esos sustos pasó y mis padres salieron adelante, mientras que quizás yo nunca terminé de salir de todos ellos.
Entonces entendí por qué, incluso cuando aparentemente no está pasando nada, una parte de mí sigue, ahora un poco más conscientemente, esperando el próximo susto.
Parece que cuidar también deja huellas, unas huellas que no siempre se ven.
Si algo de esto también te ha pasado, te leo. Hablarlo ayuda, y mucho.