08/19/2026
HIJOS ADOLESCENTES, LA OBLIGACIÓN DE CRECER COMO PADRES o ZOZOBRAR.
Hay una paradoja en la adolescencia que pocos padres están preparados para vivir: el hijo sigue viviendo en casa, pero el niño empieza a desaparecer.
Los humanos tenemos una particularidad llamativa, permanecemos durante muchos años vinculados a nuestros padres mientras atravesamos la transición hacia la adultez. Y esa prolongada convivencia convierte a la adolescencia en algo más que una etapa del desarrollo del hijo, también es una transformación profunda para los padres; porque criar adolescentes implica aceptar una pérdida simbólica. Deben comenzar a despedirse de aquel niño que necesitaba su mirada, sus decisiones, sus cuidados y, muchas veces, su aprobación. Ese niño que preguntaba, que buscaba refugio, que quería estar con ellos y que de pronto aparece cuestionando, se distancia, reclama privacidad, tiene opiniones propias y empieza a construir una identidad que ya no les pertenece.
El adolescente necesita separarse y los padres necesitan aprender a dejarlo ir, enterrar al niño sin perder al hijo.
Muchos padres interpretan la distancia como rechazo, la rebeldía como fracaso educativo o el silencio como falta de amor y responden intentando recuperar el control; pero la adolescencia no pide más control, pide otra clase de presencia.
El desafío consiste en pasar de ser quien dirige la vida del hijo a quien puede acompañarlo mientras aprende a dirigirla. Y eso duele.
El quid de la cuestión es que el educar no termina cuando el hijo deja de necesitarnos. Tal vez, paradójicamente, es ahí cuando comienza la forma más difícil de educar, aprender a estar sin invadir, poner límites sin controlar y amar sin apropiarse.
El adolescente está construyendo su adultez y sus padres están aprendiendo, quizás por primera vez, a construir una vida en la que ya no son imprescindibles.
La adolescencia no solo transforma a los hijos. También obliga a los padres a crecer nuevamente.