07/10/2026
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A veces creemos que seguimos pensando porque todavía no entendimos.
Entonces volvemos a pensar.
Revisamos lo que pasó.
Buscamos otro detalle.
Probamos otra explicación.
Imaginamos otra posibilidad.
Y si ninguna termina de convencernos, seguimos.
Hasta que algo empieza a encajar.
Y cuando finalmente encontramos una explicación que nos permite cerrar la duda, aparece una sensación de alivio:
“Ahora sé qué pudo haber pasado.”
Pero hay una diferencia que no siempre advertimos:
que una explicación reduzca nuestra incertidumbre no significa que hayamos descubierto lo que ocurrió.
Podemos haber encontrado una hipótesis que nos convence.
Podemos haber armado una interpretación a partir de lo que sabemos.
Podemos incluso sentir que, por fin, tenemos una respuesta.
Y aun así, no saber.
La investigación psicológica estudia esta dificultad para sostener la incertidumbre bajo el concepto de intolerancia a la incertidumbre. Se ha relacionado con una mayor necesidad de predictibilidad y certeza, y con una mayor búsqueda de información cuando una situación resulta ambigua o no podemos determinar con suficiente certeza qué está pasando, qué ocurrió o qué va a ocurrir.
Y acá está el punto:
pensar puede ayudarnos a comprender.
Pero también puede convertirse en la forma que encontramos para dejar de estar en el “no sé”.
Cuando eso ocurre, podemos seguir buscando no porque todavía haya algo nuevo que descubrir, sino porque todavía necesitamos llegar a una respuesta que nos permita dejar de dudar.
Y entonces aparece otra pregunta:
¿Cuánto necesito saber para poder tolerar no saber?