07/09/2026
Dicen que hay desgracias con suerte. ¡Qué optimistas! ¿Cómo puede el infortunio traer fortuna?
Yo era escéptica. Ante todo, la duda —psicóloga tenía que ser—. Pero hace dos años, conflictuada con la vida, con mi profesión y con el lugar donde vivía, sumida en ese estado donde todo pesa pero nada se mueve, algo irrumpió en mi rutina. Alguien saltó sobre mi pierna y comprendí que aquella era, efectivamente, una desgracia con suerte.
Abandonar a un perro es una bestialidad. Peor que una desgracia: es una abominación. ¿Cómo puede alguien seguir caminando por ahí con la conciencia tranquila?
Adoptarlo, en cambio, es un acto de solemnidad absoluta. Es entrega, responsabilidad y renuncia a las comodidades propias. Pero, sobre todo, es aprender a habitar un proceso.
Los primeros meses con Pancha fueron difíciles. Era una perra rota por el miedo, y su única forma de lenguaje era la defensa. Le ladraba hasta a su propia sombra. Guardaba un terror visceral hacia los pies; supongo que, siendo tan chiquita, aprendió que de ahí solo venían patadas.
A los cinco días la llevé al veterinario y volví a casa con un bozal, ansiolíticos y una sentencia: “Adoptaste a la de carácter difícil”. Me encantaría que esa veterinaria la viera hoy.
La misma perra que entonces necesitaba defenderse de todo, hoy saluda al mundo con confianza. Es dulce, amigable y amorosa con niños y grandes.
Yo nunca había adoptado un perro. Y creo que ella me enseñó algo que excede por completo a los animales: que acompañar un proceso es la forma más pura del amor; que querer a alguien es sostenerlo en su fragilidad, guardarle la posibilidad de lo que todavía no puede ser, hasta que un día el miedo cede y se transforma.
De chica, mi poema favorito era uno de Pipo Pescador sobre perros abandonados. Decía que tenían suerte porque, después del desamparo, aparecía alguien que los salvaba. Sin embargo, hoy veo a Panchi y todavía me preguntó quién salvo a quién.