16/09/2026
Escribir sobre mamá no es solamente escribir sobre ella.
Es escribir sobre mí.
Sobre la hija que fui.
Sobre la mujer en la que me convertí.
Sobre aquello que recibí, aquello que me faltó y también sobre todo lo que durante años esperé recibir.
Durante mucho tiempo miré a mamá desde los ojos de la hija. Y los ojos de una hija esperan.
Esperan una mamá que pueda vernos, abrazarnos, comprendernos, protegernos y elegirnos de la manera exacta en que necesitamos sentirnos elegidas.
Pero crecer también fue comenzar a hacerme una pregunta diferente:
¿Quién fue mi mamá cuando dejó de ser solamente “mi mamá” y pude empezar a verla como mujer?
Una mujer con una historia anterior a mí.
Con una madre y un padre.
Con heridas que quizás nunca pudo nombrar.
Con sueños, pérdidas, mandatos, renuncias y silencios.
Con recursos y también con límites.
Entonces apareció la mirada sistémica.
Y comprendí algo que no borró el dolor, pero cambió profundamente mi manera de mirarlo:
✨mamá no comenzó conmigo.✨
Antes de ser mi madre, ella ya pertenecía a una historia.
Y yo también llegué a esa historia.
Pude diferenciar tres mujeres que durante mucho tiempo estuvieron mezcladas dentro de mí:
la mamá que fue,
la mujer que intentó ser,
y la mamá que yo necesitaba y esperaba que fuera.
Entre esas tres imágenes habitaron muchos de mis dolores.
Porque sanar no significó convencerme de que todo estuvo bien. Tampoco justificar aquello que dolió.
Sanar comenzó cuando pude mirar la realidad sin exigirle que hubiera sido diferente.
Hubo cosas que mamá pudo darme.
Hubo otras que no pudo.
Hubo algunas que quizá intentó dar a su manera y que mi corazón de niña no pudo reconocer como amor.
Y hubo ausencias que fueron reales.
Y la escritura me permitió hacerlo humano.
Porque escribir me llevó a lugares donde ninguna explicación alcanzaba.
Hubo palabras que escribí llorando. Recuerdos que aparecieron cuando creía que ya estaban acomodados. Enojos que necesitaban existir antes de transformarse. Preguntas que nunca tendrían respuesta.
La escritura se convirtió en un puente.
Entre mamá y yo.
Entre aquella niña y esta mujer.
Entre lo que sucedió y lo que hubiera querido que sucediera.
Entre el amor y el dolor.
Cada página me permitió devolverle un poco de humanidad a mamá y, al mismo tiempo, devolverme humanidad a mí.
Ya no necesitaba convertirla en la madre perfecta.
Tampoco necesitaba convertirla en la responsable de todas mis heridas.
Necesitaba verla.
Mujer. Humana. Imperfecta. Mi mamá.
Y necesitaba verme a mí.
Hija. Mujer. Humana. Con derecho a sentir todo lo que sentí.
Porque cuando una hija deja de preguntarse solamente “¿por qué no fuiste la mamá que necesitaba?” y puede comenzar a preguntarse “¿quién eras vos mientras intentabas ser mi mamá?”, algo empieza a moverse.
No necesariamente desaparece el dolor.
Pero aparece una comprensión nueva.
Y comprender no siempre significa perdonar, justificar u olvidar.
A veces comprender significa simplemente poder decir:
“Mamá, hoy puedo verte un poco más completa.
Vos fuiste la mujer que pudiste ser.
Yo fui la hija que necesitó lo que necesitó.
No voy a negar ninguna de las dos historias.
Tomo la vida que llegó a mí a través tuyo y, con ella, elijo hacer algo propio.”
Este libro es parte de ese algo propio.
Escribir sobre mamá terminó siendo una manera de volver a mí.
Y quizá allí esté el verdadero anclaje mirar hacia atrás para reconocer de dónde vengo, sin quedarme viviendo allí.
Tomar mi historia.
Honrar lo que fue.
Llorar lo que no pudo ser.
Y desde ese lugar, escribir una vida que ya no necesite repetir la historia para seguir perteneciendo.
🌷Majo🌷