24/10/2026
La casa que dejó de sentirse hogar
Relato de consultorio — Dr. Hugo Rizzo
Hoy, cerca de las siete de la tarde, llegó al consultorio una mujer de 47 años, nutricionista, madre de dos hijos. Una mujer que, a primera vista, podría haber sido cualquiera de las tantas personas que uno encuentra a diario en la vida, en la calle o en una sala de espera. Sin embargo, detrás de su mirada y de sus palabras había una historia que merecía ser escuchada.
Se sentó y comenzó a hablar.
No necesitó demasiado tiempo para ordenar su relato. Hablaba con coherencia, con una lucidez que llamaba la atención y, sobre todo, con una conciencia muy clara de lo que le estaba pasando. No parecía desconocer su sufrimiento; por el contrario, podía reconocerlo, ponerle nombre e intentar explicarlo. Lo difícil, quizás, era encontrar la manera de salir de él.
La ansiedad y la tristeza habían ido ocupando espacios cada vez más grandes en su vida. Estaba en tratamiento psicológico y psiquiátrico, aunque en el último tiempo había realizado cambios en la atención de su salud mental. Algunos tratamientos no le habían producido la mejoría que esperaba y ciertos medicamentos le habían provocado una sensación que describía como una niebla en la cabeza: somnolencia, dificultades para concentrarse y la impresión de no poder pensar con la claridad de antes.
Pero la medicación era apenas una parte de la historia.
Había algo más profundo, algo que no podía explicarse solamente con una receta ni resolverse cambiando una dosis.
Hacía cinco años que se había separado de su esposo.
Lo conocía desde los dieciséis años. Una vida entera, o al menos una parte enorme de ella, había transcurrido junto a ese hombre. Habían compartido juventud, proyectos, hijos, rutinas y sueños. Habían construido una historia que, probablemente, alguna vez imaginó que duraría para siempre.
La separación había sido de común acuerdo. Él había pedido el divorcio y ella había aceptado.
Pero aceptar una decisión no siempre significa haber podido elaborar lo que esa decisión representa.
A veces, la razón comprende mucho antes que el corazón.
Y mientras uno intenta acomodar la vida a las nuevas circunstancias, hay una parte de uno mismo que continúa esperando. Esperando una llamada, una palabra, una señal. Esperando, quizás, que aquello que terminó pueda volver a empezar.
Ella misma reconocía que buena parte de su ansiedad y de su tristeza estaban vinculadas con la pérdida de esa relación y con la esperanza, todavía presente, de recuperar lo que había tenido.
No hablaba de un desconocido. Hablaba del hombre con quien había compartido gran parte de su existencia. Incluso podía reconocer sus cualidades, decir que era una buena persona, aunque la relación entre ambos no fuera buena.
Y en esa contradicción, tan humana, parecía habitar una parte de su dolor: saber que una persona puede tener virtudes, haber sido importante en nuestra vida y, aun así, no ser alguien con quien podamos seguir construyendo una historia.
La separación también había significado perder seguridad económica. El departamento que había quedado para ella representaba, en términos materiales, una solución. Sin embargo, algo en aquel lugar se había vuelto difícil de soportar.
Tenía una vivienda propia, pero no conseguía sentirla como un hogar.
Por eso, desde hacía unos días, había elegido quedarse en la casa de su madre. Allí se sentía más acompañada, menos sola frente a sus pensamientos. No quería regresar a su departamento y lo expresaba con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
A veces, el refugio no es una casa nueva, sino la posibilidad de volver, aunque sea por un tiempo, al lugar donde alguien nos espera.
También estaban sus hijos.
La mayor, de dieciocho años, vivía con su padre. El menor, de doce, compartía su vida entre ambos hogares. Esa organización familiar, que seguramente había intentado acomodar después de la separación, se convertía en una fuente adicional de preocupación cuando debía afrontar sola las responsabilidades cotidianas.
Le preocupaba no poder cuidar de ellos como necesitaban.
Le angustiaba la posibilidad de no estar a la altura.
Y cuando hablaba de sus hijos, su sufrimiento adquiría otra dimensión. Ya no se trataba solamente de la mujer que había perdido una pareja o de la persona que intentaba recuperar su estabilidad emocional. Era también una madre que temía que su propio dolor pudiera interferir en aquello que más quería proteger.
Quizás allí se encontraba una de las claves de su angustia: no solamente sufría por lo que había perdido, sino también por el miedo a no poder sostener lo que todavía tenía.
La escuché hablar de sus tratamientos, de sus experiencias con los equipos de salud mental, de las dificultades que había sentido en su relación con la atención hospitalaria. Tenía sus reparos, sus decepciones y sus propias conclusiones. Había buscado continuar su tratamiento de manera particular, con profesionales que la acompañaban en ese momento.
No pretendía desconocer lo que le ocurría. Por el contrario, podía reconocer sus síntomas, identificar situaciones que la desestabilizaban y expresar sus temores.
Había atravesado momentos difíciles, incluso internaciones previas por el agravamiento de su cuadro depresivo y por pensamientos relacionados con la muerte. Era una historia que exigía cuidado, seguimiento y una mirada atenta, sin minimizar lo que estaba viviendo ni reducirla a un diagnóstico.
Porque una persona no es su enfermedad.
Una mujer con ansiedad no es solamente ansiedad. Una mujer deprimida no es solamente depresión. Detrás de esos nombres siguen existiendo una historia, una profesión, una familia, una identidad y, muchas veces, una enorme voluntad de recuperar la vida que sienten haber perdido.
Mientras la escuchaba, pensaba en algo que ocurre con frecuencia en el consultorio: cuando alguien llega diciendo que no puede más, no siempre está diciendo que no quiere vivir. A veces está diciendo que no encuentra cómo seguir viviendo de la manera en que lo viene haciendo.
Y entre ambas cosas existe una diferencia enorme.
Ella podía reconocer su sufrimiento. Podía hablar de él. Podía identificar el vínculo entre la separación, la pérdida de seguridad, sus expectativas y el deterioro de su bienestar emocional. También podía reconocer la importancia de su familia y de la posibilidad de mejorar.
Eso no significaba que su dolor fuera menor ni que la salida estuviera cerca. Significaba que había aspectos de su historia que podían convertirse en puntos de apoyo para seguir trabajando.
Al terminar la consulta, acordamos que continuaría con su tratamiento psicológico y psiquiátrico, que mantendríamos el contacto y que sería importante seguir de cerca su evolución. Su situación requería acompañamiento sostenido, revisar con sus profesionales la medicación y atender especialmente cualquier agravamiento de los síntomas o de los pensamientos relacionados con la muerte.
No le prometí soluciones mágicas. La medicina no debería prometer aquello que no puede garantizar.
Pero sí creo que, en determinadas circunstancias, escuchar sin juzgar, ayudar a ordenar el sufrimiento y ofrecer un espacio donde alguien pueda hablar con libertad son formas concretas de empezar a acompañar.
Cuando se fue, me quedó dando vueltas una imagen: la de una mujer que había perdido una parte importante de su vida y que todavía no encontraba cómo habitar la que le quedaba.
Tenía cuarenta y siete años. Era nutricionista. Era madre. Tenía una historia de amor que no había terminado de despedir, una casa a la que no quería volver y una madre junto a quien había encontrado, al menos por ahora, un lugar donde sentirse protegida.
Quizás todavía esperaba recuperar aquel amor. Quizás necesitaba aceptar que algunas historias no regresan, aunque sigan viviendo durante mucho tiempo dentro de nosotros.
No lo sé.
Lo que sí sé es que nadie debería tener que resolver en soledad todas las pérdidas que le impone la vida.
A veces, sanar no comienza cuando dejamos de extrañar a alguien. Comienza cuando conseguimos dejar de abandonarnos a nosotros mismos mientras lo extrañamos.
Y quizás, para esta mujer, el primer paso no sea regresar a su departamento, recuperar una pareja ni dejar de sentir tristeza de un día para otro.
Quizás el primer paso sea mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: empezar a construir un lugar propio dentro de sí misma.
Un lugar donde pueda volver a sentirse segura.
Donde sus hijos encuentren a su madre, pero donde ella también pueda encontrarse con la mujer que fue, la que es y la que todavía puede llegar a ser.
Porque después de una separación, de una pérdida o de una crisis, la vida no siempre vuelve a ser como antes.
A veces nos pide algo diferente.
Nos pide aprender a vivir de otra manera, recuperar la confianza, aceptar la ayuda y comprender que nuestra historia no termina necesariamente allí donde terminó una relación.
La vida sigue.
Incluso cuando todavía duele.
Y en ocasiones, el comienzo de una nueva etapa no es una gran decisión ni un acto heroico.
Es simplemente aceptar que hoy necesitamos que alguien nos acompañe mientras aprendemos, otra vez, a caminar.
Dr. Hugo Rizzo
Caminando junto a la Vida.