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No sé qué idea tenés del pasado…Por el Dr. Hugo RizzoDe verdad, no sé qué idea tenés del pasado. Lo que sí sé es que es ...
27/10/2026

No sé qué idea tenés del pasado…

Por el Dr. Hugo Rizzo

De verdad, no sé qué idea tenés del pasado. Lo que sí sé es que es una realidad vivida, algo que alguna vez sucedió en nuestras vidas y que, de una u otra manera, dejó huellas en nosotros.

Lo que también sé es que muchas veces quedamos atrapados en él. Y cuando vivimos aferrados a los recuerdos, a lo que fue, a lo que tuvimos o a lo que pudo haber sido, dejamos de vivir el presente.

Porque, aunque nuestras vidas están inevitablemente influenciadas por el pasado, es en el presente donde seguimos construyéndolas.

Si abandonamos el hoy, si dejamos de habitar el ahora, corremos el riesgo de perdernos nuestra propia vida, atrapados en una historia que ya sucedió y que, por más que lo deseemos, no podemos cambiar.

El pasado existió. Fue parte de nosotros, nos enseñó, nos lastimó, nos regaló momentos felices y también nos dejó heridas. Pero el pasado ya no es. Lo que permanece es aquello que aprendimos de él y lo que decidimos hacer con eso en el presente.

Aprender a vivir el hoy requiere valentía y coraje. Requiere aceptar la vida que nos toca, tal como se presenta, con sus luces y sus sombras, sin huir, sin escondernos y sin esperar que todo sea perfecto para empezar a vivir.

Es un desafío de cada día: aprender a soltar aquello que ya no podemos modificar, agradecer lo que fue, aceptar lo que somos y animarnos a vivir lo que tenemos por delante.

Porque el ayer ya pasó y el mañana es incierto.

La vida sucede hoy. En este instante. Y mientras seguimos mirando hacia atrás, el presente continúa pasando frente a nuestros ojos.

Quizás no se trate de olvidar el pasado, sino de aprender a recordarlo sin dejar de vivir.

Caminando junto a la Vida

Dr. Hugo Rizzo
Escritor
Autor de Caminando junto a la Vida

Deberíamos…Por el Dr. Hugo RizzoDeberíamos tomar caminos. Deberíamos elegir rumbos. Deberíamos luchar por ser felices. D...
25/10/2026

Deberíamos…

Por el Dr. Hugo Rizzo

Deberíamos tomar caminos. Deberíamos elegir rumbos. Deberíamos luchar por ser felices. Deberíamos amar intensamente. Deberíamos pelear por ser libres. Deberíamos aprender que nuestra libertad termina donde comienza la del otro.

Deberíamos entregar el corazón sin vivir a la defensiva, animándonos a darlo todo.

Deberíamos jugar. Aprender a reír. Porque la vida es demasiado ligera para dejar que la tristeza nos robe la alegría.

Deberíamos saber detenernos. No correr tanto. Porque, por más que corramos, no siempre llegamos más lejos.

Deberíamos amarnos primero a nosotros mismos. Regalarnos tiempo. Regalarnos risas. Tal vez, recuperar un poco de la niñez que todavía nos habita y dejar de ser tan serios.

Deberíamos dar sin esperar la devolución. Extender la mano sin medirlo todo. Estar un poco más cerca unos de otros.

Y, sobre todo, deberíamos dejar que los sueños nos atrapen… y tener el coraje de correr detrás de ellos.

Dr. Hugo Rizzo Médico de Familia y Pediatra Autor de Caminando junto a la Vida
Escritor

¿De qué lado estás?Por el Dr. Hugo RizzoAutor de Caminando junto a la VidaYo no estoy de ningún lado de la grieta. Estoy...
25/10/2026

¿De qué lado estás?

Por el Dr. Hugo Rizzo
Autor de Caminando junto a la Vida

Yo no estoy de ningún lado de la grieta. Estoy del lado de la Argentina que trabaja, que se esfuerza, que paga sus impuestos y que, a pesar de todo, sigue levantándose cada mañana con la esperanza de vivir en un país mejor.

Puedo discrepar con el presidente de los argentinos. Puedo cuestionar sus formas, sus expresiones y muchas de sus decisiones. Pero también puedo reconocer que, aun con sus contradicciones y sus particularidades, intenta ordenar la economía de un país que recibió en una situación de enorme fragilidad económica y social.

Ahora bien, ¿de qué sirve ordenar las cuentas si, mientras tanto, al trabajador se le hace cada día más difícil llegar a fin de mes? ¿Cómo se le explica a quien trabaja, produce y sostiene a su familia que debe seguir haciendo esfuerzos cuando su realidad cotidiana se vuelve cada vez más asfixiante?

Y lo digo desde un lugar particular: mi trabajo consiste, precisamente, en escuchar a la gente. Soy médico. Cada día recibo personas que no vienen solamente a contarme sus enfermedades, sino también sus angustias, sus dificultades y sus miedos. Detrás de cada consulta hay una historia, una familia y una realidad que muchas veces no aparece en las estadísticas.

Pero también miro hacia nuestra provincia de Buenos Aires.

Una provincia donde la inseguridad se ha convertido en una preocupación permanente para miles de familias. En mi propia realidad, cuento cinco robos en dos años. Cinco veces en las que la tranquilidad de mi hogar se vio alterada. Y no se trata solamente de bienes materiales: se trata de vivir con miedo, de mirar por encima del hombro y de preguntarse si uno podrá regresar a su casa sin convertirse en la próxima víctima.

¿De qué sirve discutir de política si no podemos garantizar lo más básico: la vida y la seguridad de nuestros ciudadanos?

Me cuesta comprender a quienes han ocupado y ocupan lugares de enorme responsabilidad pública y parecen vivir alejados de la realidad de quienes gobiernan. Me preocupa la falta de respuestas, la corrupción y el enriquecimiento de funcionarios que deberían dar explicaciones ante la sociedad y la Justicia.

Y cuando las sospechas se convierten en investigaciones judiciales, espero que la Justicia actúe con independencia, que determine las responsabilidades y que, si se comprueba que hubo dinero robado al pueblo, ese dinero sea recuperado. Sin privilegios, sin excepciones y sin importar el partido político al que pertenezcan los responsables.

Lo mismo pienso de quienes gobernaron, de quienes gobiernan y de quienes aspiran a volver a hacerlo (señor Axel Kisiloff, señor Sergio Masa y esposa o el mismo Maximo Kirchner . Ningún apellido, ninguna alianza y ninguna ideología deberían colocarse por encima de la ley.

Tampoco puedo dejar de preguntarme qué alternativas nos ofrecen quienes ya tuvieron responsabilidades decisivas en nuestra historia reciente. ¿Qué aprendimos de los fracasos económicos? ¿Qué respuestas tienen para la inseguridad? ¿Qué garantías nos dan de que no volveremos a tropezar con las mismas piedras?

Porque los argentinos no podemos vivir eternamente atrapados entre quienes nos prometen salvarnos y quienes nos aseguran que los otros son peores.

Yo quiero otra cosa.

Quiero un país ordenado económicamente, donde el trabajo vuelva a ser una herramienta de progreso y no apenas una forma de sobrevivir. Quiero seguridad para salir de casa, caminar por mi barrio y regresar con la tranquilidad de que mi familia está a salvo.

Quiero poder vivir con la misma sensación de seguridad que muchas personas encuentran en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, sin que cruzar los límites de una jurisdicción signifique sentir que la propia vida vale menos.

Y lo digo con dolor, porque en nuestra provincia seguimos trabajando, seguimos saliendo cada mañana y seguimos apostando a la vida, aun cuando sabemos que la inseguridad puede arrebatárnosla en cualquier momento.

Mi vecino hoy ya no está. Y esa ausencia nos recuerda que detrás de cada hecho de inseguridad hay una persona, una familia y una vida que no vuelve.

Por eso, cuando tengo que elegir, no elijo un partido como quien elige un equipo de fútbol. Elijo una dirección. Elijo aquello que, a mi entender, puede acercarnos a una Argentina con mayor estabilidad económica, más seguridad, instituciones más fuertes y oportunidades reales para nuestros hijos.

No necesito estar de acuerdo con todo lo que hace un presidente para reconocer aquello que considero positivo. Tampoco necesito defender a un gobernador, a un exministro o a un expresidente para cuestionar sus errores.

La política no debería exigirnos obediencia ciega. Debería exigirnos pensamiento crítico.

Porque nuestro país tiene riquezas naturales extraordinarias, recursos, talento y, sobre todo, gente que trabaja y que todavía conserva la esperanza. Tenemos todo para construir una nación mejor, aunque demasiadas veces nosotros mismos terminemos poniendo obstáculos en el camino.

No quiero una Argentina de vencedores y vencidos. No quiero que mis hijos hereden una grieta más profunda que la que recibimos nosotros.

Quiero dejarles un país donde puedan trabajar, formar una familia, caminar tranquilos y creer que el esfuerzo vale la pena.

¿De qué lado estoy?

Del lado de la gente que trabaja.
Del lado de quienes quieren vivir sin miedo.
Del lado de la honestidad, la Justicia y la libertad.
Del lado de quienes todavía creemos que la Argentina puede ser mucho más de lo que ha sido hasta ahora.

Y si hoy considero que un camino puede acercarnos más a ese país que sueño para mis hijos, tengo derecho a elegirlo, a expresarlo y también a cambiar de opinión si la realidad demuestra que me equivoqué.

Porque no se trata de defender políticos.

Se trata de defender la posibilidad de vivir mejor en nuestra propia tierra.

Dr. Hugo Rizzo
Autor de Caminando junto a la Vida

La casa que dejó de sentirse hogarRelato de consultorio — Dr. Hugo RizzoHoy, cerca de las siete de la tarde, llegó al co...
24/10/2026

La casa que dejó de sentirse hogar

Relato de consultorio — Dr. Hugo Rizzo

Hoy, cerca de las siete de la tarde, llegó al consultorio una mujer de 47 años, nutricionista, madre de dos hijos. Una mujer que, a primera vista, podría haber sido cualquiera de las tantas personas que uno encuentra a diario en la vida, en la calle o en una sala de espera. Sin embargo, detrás de su mirada y de sus palabras había una historia que merecía ser escuchada.

Se sentó y comenzó a hablar.

No necesitó demasiado tiempo para ordenar su relato. Hablaba con coherencia, con una lucidez que llamaba la atención y, sobre todo, con una conciencia muy clara de lo que le estaba pasando. No parecía desconocer su sufrimiento; por el contrario, podía reconocerlo, ponerle nombre e intentar explicarlo. Lo difícil, quizás, era encontrar la manera de salir de él.

La ansiedad y la tristeza habían ido ocupando espacios cada vez más grandes en su vida. Estaba en tratamiento psicológico y psiquiátrico, aunque en el último tiempo había realizado cambios en la atención de su salud mental. Algunos tratamientos no le habían producido la mejoría que esperaba y ciertos medicamentos le habían provocado una sensación que describía como una niebla en la cabeza: somnolencia, dificultades para concentrarse y la impresión de no poder pensar con la claridad de antes.

Pero la medicación era apenas una parte de la historia.

Había algo más profundo, algo que no podía explicarse solamente con una receta ni resolverse cambiando una dosis.

Hacía cinco años que se había separado de su esposo.

Lo conocía desde los dieciséis años. Una vida entera, o al menos una parte enorme de ella, había transcurrido junto a ese hombre. Habían compartido juventud, proyectos, hijos, rutinas y sueños. Habían construido una historia que, probablemente, alguna vez imaginó que duraría para siempre.

La separación había sido de común acuerdo. Él había pedido el divorcio y ella había aceptado.

Pero aceptar una decisión no siempre significa haber podido elaborar lo que esa decisión representa.

A veces, la razón comprende mucho antes que el corazón.

Y mientras uno intenta acomodar la vida a las nuevas circunstancias, hay una parte de uno mismo que continúa esperando. Esperando una llamada, una palabra, una señal. Esperando, quizás, que aquello que terminó pueda volver a empezar.

Ella misma reconocía que buena parte de su ansiedad y de su tristeza estaban vinculadas con la pérdida de esa relación y con la esperanza, todavía presente, de recuperar lo que había tenido.

No hablaba de un desconocido. Hablaba del hombre con quien había compartido gran parte de su existencia. Incluso podía reconocer sus cualidades, decir que era una buena persona, aunque la relación entre ambos no fuera buena.

Y en esa contradicción, tan humana, parecía habitar una parte de su dolor: saber que una persona puede tener virtudes, haber sido importante en nuestra vida y, aun así, no ser alguien con quien podamos seguir construyendo una historia.

La separación también había significado perder seguridad económica. El departamento que había quedado para ella representaba, en términos materiales, una solución. Sin embargo, algo en aquel lugar se había vuelto difícil de soportar.

Tenía una vivienda propia, pero no conseguía sentirla como un hogar.

Por eso, desde hacía unos días, había elegido quedarse en la casa de su madre. Allí se sentía más acompañada, menos sola frente a sus pensamientos. No quería regresar a su departamento y lo expresaba con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.

A veces, el refugio no es una casa nueva, sino la posibilidad de volver, aunque sea por un tiempo, al lugar donde alguien nos espera.

También estaban sus hijos.

La mayor, de dieciocho años, vivía con su padre. El menor, de doce, compartía su vida entre ambos hogares. Esa organización familiar, que seguramente había intentado acomodar después de la separación, se convertía en una fuente adicional de preocupación cuando debía afrontar sola las responsabilidades cotidianas.

Le preocupaba no poder cuidar de ellos como necesitaban.

Le angustiaba la posibilidad de no estar a la altura.

Y cuando hablaba de sus hijos, su sufrimiento adquiría otra dimensión. Ya no se trataba solamente de la mujer que había perdido una pareja o de la persona que intentaba recuperar su estabilidad emocional. Era también una madre que temía que su propio dolor pudiera interferir en aquello que más quería proteger.

Quizás allí se encontraba una de las claves de su angustia: no solamente sufría por lo que había perdido, sino también por el miedo a no poder sostener lo que todavía tenía.

La escuché hablar de sus tratamientos, de sus experiencias con los equipos de salud mental, de las dificultades que había sentido en su relación con la atención hospitalaria. Tenía sus reparos, sus decepciones y sus propias conclusiones. Había buscado continuar su tratamiento de manera particular, con profesionales que la acompañaban en ese momento.

No pretendía desconocer lo que le ocurría. Por el contrario, podía reconocer sus síntomas, identificar situaciones que la desestabilizaban y expresar sus temores.

Había atravesado momentos difíciles, incluso internaciones previas por el agravamiento de su cuadro depresivo y por pensamientos relacionados con la muerte. Era una historia que exigía cuidado, seguimiento y una mirada atenta, sin minimizar lo que estaba viviendo ni reducirla a un diagnóstico.

Porque una persona no es su enfermedad.

Una mujer con ansiedad no es solamente ansiedad. Una mujer deprimida no es solamente depresión. Detrás de esos nombres siguen existiendo una historia, una profesión, una familia, una identidad y, muchas veces, una enorme voluntad de recuperar la vida que sienten haber perdido.

Mientras la escuchaba, pensaba en algo que ocurre con frecuencia en el consultorio: cuando alguien llega diciendo que no puede más, no siempre está diciendo que no quiere vivir. A veces está diciendo que no encuentra cómo seguir viviendo de la manera en que lo viene haciendo.

Y entre ambas cosas existe una diferencia enorme.

Ella podía reconocer su sufrimiento. Podía hablar de él. Podía identificar el vínculo entre la separación, la pérdida de seguridad, sus expectativas y el deterioro de su bienestar emocional. También podía reconocer la importancia de su familia y de la posibilidad de mejorar.

Eso no significaba que su dolor fuera menor ni que la salida estuviera cerca. Significaba que había aspectos de su historia que podían convertirse en puntos de apoyo para seguir trabajando.

Al terminar la consulta, acordamos que continuaría con su tratamiento psicológico y psiquiátrico, que mantendríamos el contacto y que sería importante seguir de cerca su evolución. Su situación requería acompañamiento sostenido, revisar con sus profesionales la medicación y atender especialmente cualquier agravamiento de los síntomas o de los pensamientos relacionados con la muerte.

No le prometí soluciones mágicas. La medicina no debería prometer aquello que no puede garantizar.

Pero sí creo que, en determinadas circunstancias, escuchar sin juzgar, ayudar a ordenar el sufrimiento y ofrecer un espacio donde alguien pueda hablar con libertad son formas concretas de empezar a acompañar.

Cuando se fue, me quedó dando vueltas una imagen: la de una mujer que había perdido una parte importante de su vida y que todavía no encontraba cómo habitar la que le quedaba.

Tenía cuarenta y siete años. Era nutricionista. Era madre. Tenía una historia de amor que no había terminado de despedir, una casa a la que no quería volver y una madre junto a quien había encontrado, al menos por ahora, un lugar donde sentirse protegida.

Quizás todavía esperaba recuperar aquel amor. Quizás necesitaba aceptar que algunas historias no regresan, aunque sigan viviendo durante mucho tiempo dentro de nosotros.

No lo sé.

Lo que sí sé es que nadie debería tener que resolver en soledad todas las pérdidas que le impone la vida.

A veces, sanar no comienza cuando dejamos de extrañar a alguien. Comienza cuando conseguimos dejar de abandonarnos a nosotros mismos mientras lo extrañamos.

Y quizás, para esta mujer, el primer paso no sea regresar a su departamento, recuperar una pareja ni dejar de sentir tristeza de un día para otro.

Quizás el primer paso sea mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: empezar a construir un lugar propio dentro de sí misma.

Un lugar donde pueda volver a sentirse segura.

Donde sus hijos encuentren a su madre, pero donde ella también pueda encontrarse con la mujer que fue, la que es y la que todavía puede llegar a ser.

Porque después de una separación, de una pérdida o de una crisis, la vida no siempre vuelve a ser como antes.

A veces nos pide algo diferente.

Nos pide aprender a vivir de otra manera, recuperar la confianza, aceptar la ayuda y comprender que nuestra historia no termina necesariamente allí donde terminó una relación.

La vida sigue.

Incluso cuando todavía duele.

Y en ocasiones, el comienzo de una nueva etapa no es una gran decisión ni un acto heroico.

Es simplemente aceptar que hoy necesitamos que alguien nos acompañe mientras aprendemos, otra vez, a caminar.

Dr. Hugo Rizzo

Caminando junto a la Vida.

Llega un momento en la vida…Por el Dr. Hugo RizzoLlega un momento en la vida en el que debés alejarte del drama sin moti...
22/10/2026

Llega un momento en la vida…

Por el Dr. Hugo Rizzo

Llega un momento en la vida en el que debés alejarte del drama sin motivo, de los conflictos innecesarios y de las personas que parecen encontrar razones para complicarlo todo.

Es momento de rodearte de personas que te hagan reír, que te ayuden a olvidar lo malo y que te recuerden que la vida también está hecha de momentos hermosos.

De elegir a quienes te tratan bien, a quienes te quieren de verdad, a quienes, cuando algo no está bien, prefieren sentarse a hablar antes que herir, alejarse o levantar muros.

Porque querer también es cuidar, escuchar, comprender y encontrar juntos la manera de arreglar las cosas.

Con el tiempo, uno aprende que la paz no tiene precio, que la tranquilidad es un regalo y que estar rodeado de personas que suman, abrazan y hacen bien al alma es una de las formas más lindas de ser feliz.

La vida es demasiado corta para vivirla entre dramas, rencores y tristezas evitables.

Elegí la paz. Elegí el amor. Elegí a quienes te hacen bien.

Y, sobre todo, elegí ser feliz.

Cam inando junto a la Vida ❤️

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