Alimenta Tu Esencia

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Alimenta Tu Esencia Espacio donde encontrarás herramientas para transformar tu relación con la comida. Espacio para el crecimiento personal.

01/09/2026

Frente a la anestesia, intimidad.

Acercarnos lo suficiente como para que aquello que antes era solo paisaje empiece a tener nombre, historia, derechos. Aprender a reconocer el árbol que nos da sombra, distinguir el canto de los pájaros que viven cerca, saber cuándo florecen las plantas, quién poliniza sus flores, qué pequeñas vidas se esconden bajo una piedra o entre las grietas de un muro.

La intimidad con el mundo vivo se construye así, prestando atención. Asombrándonos. Mirando de cerca y durante el tiempo suficiente como para descubrir que allí donde creíamos que solo había un bosque, un río, un descampado o un trozo de mar, hay en realidad una multitud de vidas ocurriendo.

Y cuando empezamos a conocerlas, empezamos también a reconocernos dentro de ella. Nos permitimos ser atravesadas y sostenidas por vínculos que siempre estuvieron ahí, pero que no sabíamos apreciar.

Es mucho más difícil permanecer indiferentes ante aquello que amamos. La anestesia necesita distancia. El vínculo, en cambio, exige cercanía.

Cuanto más te alejes de aquello que te da la vida, más lejos estarás también de ti misma. Porque no terminamos en los límites de nuestra piel.

Y cuanto más te acerques a lo vivo, cuanto más lo mires, lo conozcas y te reconozcas formando parte de ello, más cerca estarás también de ti.

Y es que, hay caminos de regreso a una misma que no llevan hacia dentro, sino hacia la tierra.

11/08/2026

ojalá.

Percibo que nos cuesta abrir el corazón si no existe alguna fantasía de que el vínculo permanecerá para siempre.Pero los...
30/05/2026

Percibo que nos cuesta abrir el corazón si no existe alguna fantasía de que el vínculo permanecerá para siempre.

Pero los vínculos están vivos. Nosotras estamos vivas. Los demás están vivos. Y todo lo que está vivo necesita transformarse.

Quizá una de las formas más maduras de amar consiste en dejar de medir el valor de un vínculo por su capacidad de permanecer cerca.

Porque amar no siempre significa conservar.

A veces los vínculos cambian porque nosotras cambiamos. O porque cambian los demás. O porque la propia vida nos obliga a encontrarnos desde lugares distintos. Y, en ocasiones, también la muerte transforma la forma en que seguimos vinculándonos con quienes amamos.

Las relaciones no fueron importantes porque duraron para siempre, sino porque dejaron una huella que sigue formando parte de quienes somos.

Quizá ahí reside parte de la belleza de los vínculos. En que nos cambian. En que dejan algo de sí en nosotras y se llevan algo de nosotras con ellos.

Y por eso.

A pesar de la incertidumbre.

A pesar de las despedidas.

A pesar de los cambios.

A pesar de las transformaciones.

A pesar de la muerte.

Merece la pena querer.

Merece la pena amar.

Merece la pena vincularse.

Merece la pena abrir el corazón. A fuego. Una y otra vez.

Con cariño, Marta.

Pequeño Steve, llegaste a mi vida hace apenas un par de semanas para mostrarme cosas que necesitaba mirar de frente. Mae...
28/05/2026

Pequeño Steve, llegaste a mi vida hace apenas un par de semanas para mostrarme cosas que necesitaba mirar de frente. Maestrito de cuatro kilos, hocico negro, mirada profunda, cuerpecito dorado y calcetines blancos. Tan pequeño y, al mismo tiempo, capaz de movilizar aquello que necesitaba ser zarandeado.

Gracias por señalar justo ahí donde yo justo necesitaba mirar. Gracias por recordarme lo que importa de verdad. Gracias por ponerme otra vez delante la fragilidad de la vida, esa que me hace amar más, agradecer más y habitar con más presencia lo cotidiano.

La serpiente apareció en casa el sábado y no he podido evitar pensar que quizá venía a avisarnos de todo lo que estaba por venir. O quizá llegó para recordarme que hay etapas en las que una ya no puede seguir habitando la misma piel. Y que es hora de mudarla. Sea como sea, en ellos, los animales, siempre veo maestros.

Steve, estoy deseando tenerte de nuevo en casa. Y te prometo que esta vez no voy a quejarme cuando intentes morderme los tobillos o salgas corriendo con mi zapatilla en la boca para destrozarla con tus afilados y diminutos dientes. Alma no, Alma seguirá gruñéndote cuando intentes morderle las orejas, pero sé que también te está esperando.

Te esperamos en casa, pequeño.

Y no me cabe ninguna duda de que la familia que te elija para formar parte de su familia va a tener una de las suertes más inmensas de su vida.

Hay días en los que la idea de madre se vuelve demasiado estrecha para todo lo que realmente contiene.Porque la experien...
03/05/2026

Hay días en los que la idea de madre se vuelve demasiado estrecha para todo lo que realmente contiene.

Porque la experiencia, cuando una se detiene a mirarla de verdad, se parece más a la naturaleza.

La naturaleza no elige entre dar o quitar, entre cuidar o desbordarse; todo eso ocurre a la vez, formando parte del mismo movimiento. Y quizá por eso, cuando pensamos la maternidad desde un único lugar, lo más importante (su complejidad) se queda fuera.

Este día no se vive igual para todas. Hay quien celebra, quien recuerda, quien acompaña en la enfermedad, quien se protege tomando distancia, quien habita un deseo que no pudo ser.

Tal vez honrar la maternidad tenga menos que ver con repetir una idea bonita y más con ampliar el espacio para que todas esas realidades puedan existir sin ser corregidas, ni minimizadas. Sea como sea tu experiencia, te abrazo ❤️‍🩹

Cuando un animal muere, el dolor no aparece únicamente por su ausencia. También emerge porque ese vínculo formaba parte ...
12/03/2026

Cuando un animal muere, el dolor no aparece únicamente por su ausencia. También emerge porque ese vínculo formaba parte de la historia que nos contábamos sobre quién éramos. Nuestros animales no sólo nos acompañan: participan en la forma en que habitamos el mundo. Están en nuestras rutinas, en nuestros gestos cotidianos, en la manera en que miramos, cuidamos, jugamos o descansamos. Por eso, cuando se van, no sólo se rompe una relación. También se desordena una parte de nuestra identidad.

El duelo entonces deja de ser únicamente tristeza y se convierte en algo más complejo. Aparece el desconcierto. La sensación de que algunas certezas que nos sostenían ya no están donde estaban. De pronto descubrimos que hay partes de nuestra historia que se han cerrado con ese vínculo, versiones de nosotras que ya no pueden existir exactamente del mismo modo, pequeñas formas de alegría, de ternura o de ligereza que estaban profundamente entrelazadas con esa relación.

Y sin embargo, el duelo no sólo habla de lo que termina. También abre un proceso de reorganización interior. Mientras algunas partes de nosotras se despiden, otras comienzan a moverse lentamente. A veces de forma casi imperceptible. Nuevas preguntas aparecen. Nuevas formas de estar en el mundo empiezan a buscar su lugar. El amor que compartimos con nuestros animales no desaparece: se transforma, y con él también lo hace nuestra propia historia.

Desde esa mirada nace el taller “¿Quién soy sin tus huellas?”. Un espacio para explorar juntas qué partes de ti murieron cuando tu compañero animal se fue, qué partes están todavía en camino y qué nuevas formas de identidad pueden empezar a emerger tras un vínculo que aún sin un cuerpo presente, sigue guiando tu camino.

Encuentras el link en mi Bio 🤍🫂

Os confieso que cuando alguien dice: “No te sientas culpable, tu ser querido querría verte feliz”, siento un pequeño pel...
06/03/2026

Os confieso que cuando alguien dice: “No te sientas culpable, tu ser querido querría verte feliz”, siento un pequeño pellizco en el corazón.

Porque la culpa no va de lo que querría o no querría tu ser querido. Y tampoco es una emoción que podamos borrar con una frase bienintencionada. La culpa suele hablarnos de algo mucho más complejo. Tiene una función. Y, aunque incomode, necesita ser escuchada.

Muchas veces, cuando acompaño a personas en procesos de duelo que sienten culpa, uno de los objetivos terapéuticos es justamente darle más espacio. No para alimentarla ni para quedarnos atrapadas en ella, sino para comprender qué está intentando mostrar.

¿Es arrepentimiento por algo que hicimos o no hicimos?
¿Es amor que no sabe dónde colocarse cuando el cuerpo físico ya no está?
¿Es una señal que nos conecta con valores personales que quizá habíamos olvidado?
¿Nos habla de nuestra humanidad, de nuestros límites, de nuestra dificultad para aceptar que también podemos equivocarnos?

La culpa, cuando se explora con calma y cuidado, suele abrir preguntas importantes.

A veces me cuesta entender nuestra dificultad para tolerar las emociones desagradables de los demás. Parece que, en cuanto aparecen, sentimos la urgencia de quitarlas de en medio. Incluso he escuchado este tipo de mensajes en profesionales. Y no lo digo desde el juicio. Todas somos humanas y todas, en algún momento, intentamos aliviar el dolor ajeno como podemos.

Pero de corazón te digo algo: mereces poder sentir culpa. Mereces poder mirarla de frente y adentrarte en ella sin que nadie intente silenciarla demasiado rápido. Mereces que alguien pueda acompañarte a explorarla con la atención, la calma y el cuidado que esa emoción requiere.

La culpa aparece muchas veces en ese lugar donde el amor y la responsabilidad se encuentran. No siempre es una señal de que hicimos algo mal. A veces es simplemente la expresión del enorme peso que implica cuidar de otro ser vivo hasta el final. Y por eso merece ser escuchada con tanta delicadeza.

Con cariño, Marta.

Hoy hace 10 años que compartí mi primera publicación por aquí. Y si os soy sincera, hay muchísimas cosas que siguen igua...
28/02/2026

Hoy hace 10 años que compartí mi primera publicación por aquí. Y si os soy sincera, hay muchísimas cosas que siguen igual que entonces. El motor no ha cambiado: conectar con personas con sentires y formas de vivir donde la ternura esté en el centro. He tenido la gran fortuna de experimentar esto durante estos 10 años. De hacerme un huequito entre tanto ruido, porque existe un interés real y recíproco de cuidarnos y acompañarnos entre algunas de nosotras.

Otras muchas cosas han cambiado, y creo que no hace falta ni que nombre el qué. Pero os confieso que cuando se habla de Instagram desde un lugar tan reduccionista me duele un poquito, porque aunque el ritmo y las intenciones de muchos se hayan alejado del propósito inicial de las redes sociales —conectar—, sigo siendo una gran defensora de estas herramientas. Bien usadas, pueden acompañarnos, sostenernos e impulsarnos en nuestros caminos.

Por supuesto, siempre debería ir acompañado de una red social de carne y hueso, donde podamos tocarnos y abrazarnos. Pero por desgracia, para muchas personas eso no es posible. Yo misma lo viví en Canadá, y fue justamente allí donde comprobé cómo esta comunidad me sostuvo, sin que muchas de vosotras lo supierais.

Como siempre, tenemos la responsabilidad de cuestionar el uso que le damos a las cosas. Pero quiero confiar en que podemos seguir conectando, haciendo poco ruido, en pequeñito. Que podemos seguir acompañándonos.

Gracias por ser esa persona que me sigue haciendo creer que el silencio, la pausa y lo íntimo pueden seguir siendo posibles aquí. Gracias por acompañarme durante todo este tiempo, lleves el tiempo que lleves.

Con todo mi amor,
Marta.

Ahí estaba yo, sentada en una esquina de un barrio de Mumbai, con el calor pegajoso metiéndose por las rendijas de la ro...
25/02/2026

Ahí estaba yo, sentada en una esquina de un barrio de Mumbai, con el calor pegajoso metiéndose por las rendijas de la ropa y un libro de Elisabeth Kübler-Ross entre las manos, como quien se aferra a una brújula en medio del caos.

Y de repente: los tambores.
Las voces.
Las flores.
Un cuerpo sin vida.

Y alrededor, mucha, mucha vida.

Un cuerpo envuelto en telas naranjas, doradas y blancas, cargado a hombros. Detrás, personas que no lloraban: cantaban, bailaban, algunas reían. Yo, que venía de una cultura donde la muerte se vive desde el dramatismo, pensé primero que era una boda. Luego entendí que era un funeral.

Me quedé quieta.

Y esa escena me dijo: mira, hay otras formas.

No todas son de silencio y negación.
No todas huyen del cuerpo que ya no respira.

Lo sentí hermoso. Y resonaron dentro de mí las palabras de Elisabeth: “La muerte tiene mucho que enseñarnos”.

Y pensé que sí. Que la muerte también puede enseñarnos a celebrar, a recordar, a agradecer. A no guardar el dolor en habitaciones cerradas llenándose de polvo, sino a dejar que se mezcle con la vida, con el movimiento, con lo que queda. Incluso con la música.

No supe nunca el nombre de esa persona. Ni sus sueños. Pero esa imagen se quedó conmigo para siempre. Llegó con flores y ritmos que no entendía y, aun así, reconocí como verdaderos. Como otra realidad posible. Una que merecía ser mirada con curiosidad.

Y ahora, si lo sientes, quizá puedas despertar esa curiosidad en ti para explorar tu duelo y tu pérdida.

Desde aquel día en Mumbai —con un libro de Elisabeth entre las manos y una escena que me enseñó que existen otras formas de despedir— sigo creyendo que el dolor también puede mirarse con presencia y apertura.

Por eso he creado el taller de duelo animal
¿quién soy sin tus huellas?

Un espacio muy especial donde vamos a explorar tu identidad cuando las huellas de tu compañero animal ya no están. Un lugar para sentir, honrar, explorar… y permitir que algo nuevo se revele.

Será el 14 de marzo, de 10h a 13:30h.

Si te resuena, tienes el link en mi bio ❤️‍🩹

Con cariño,
Marta.

Mi abuela María pidió que esparciéramos sus cenizas en un almendro mu**to. Bajo la inexistente copa de un árbol seco, en...
09/02/2026

Mi abuela María pidió que esparciéramos sus cenizas en un almendro mu**to. Bajo la inexistente copa de un árbol seco, en mitad de la nada, en mitad del desierto. Allí conoció a mi abuelo, al amor de su vida. Allí quiso descansar y allí la dejamos. Bajo ese almendro inerte.

A ella nunca le importó. Con el tiempo empiezo a pensar que ella intuía que no existe una frontera real entre la vida y la muerte. Por lo que para ella, ese almendro siempre estuvo vivo.

Años después, mi tía Avelina pidió que parte de sus cenizas descansaran allí también, junto a su madre. Durante mucho tiempo ese lugar me pareció árido, incierto, incluso tétrico. Solo veía muerte. Un tronco cada vez más hueco. Más oscuro. Silencio. Tierra seca. Con suerte, algún escarabajo o una liebre asomando tímidamente.

Este verano volví al almendro, como cada verano. Y para mi sorpresa ya no lo sentí como un espacio vacío. Pude reconciliarme con ese árbol mu**to. Entendí, o más bien sentí en mi corazón, las lecciones que ellas dejaron allí: Puedes verlo todo lleno de muerte e ignorar toda la vida que sigue abriéndose paso dentro y fuera de ti. O todo lleno de vida e ignorar todo lo que necesita morir. O puedes atreverte a mirar con más honestidad y comprender que lo vivo también está muriendo, y que lo mu**to sigue lleno de vida. Que no son opuestos. Que se entrelazan.

No sé si por eso los almendros son tan especiales para mí. En ellos las veo a ellas. Y ahora también a Dana. No sé si es casualidad que cuando compré mi casa en ruinas, lo único vivo fuera un gran almendro. Un almendro al que ahora estamos acompañando a morir, justo cuando la casa que estaba mu**ta, ahora está más llena de vida que nunca.

No sé.

Tal vez morir sea solo otra forma de quedarse. Pero una forma distinta, que debemos aprender a habitar. Tal vez mi abuela María lo supo siempre, cuando eligió un almendro mu**to en mitad del desierto para volver a la tierra. Al fin y al cabo, ella siempre fue una mujer que pensaba y sentía fuera de la norma. Y quizá por eso supo ver que la vida no se acaba, tan solo cambia de forma.

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