01/09/2026
Frente a la anestesia, intimidad.
Acercarnos lo suficiente como para que aquello que antes era solo paisaje empiece a tener nombre, historia, derechos. Aprender a reconocer el árbol que nos da sombra, distinguir el canto de los pájaros que viven cerca, saber cuándo florecen las plantas, quién poliniza sus flores, qué pequeñas vidas se esconden bajo una piedra o entre las grietas de un muro.
La intimidad con el mundo vivo se construye así, prestando atención. Asombrándonos. Mirando de cerca y durante el tiempo suficiente como para descubrir que allí donde creíamos que solo había un bosque, un río, un descampado o un trozo de mar, hay en realidad una multitud de vidas ocurriendo.
Y cuando empezamos a conocerlas, empezamos también a reconocernos dentro de ella. Nos permitimos ser atravesadas y sostenidas por vínculos que siempre estuvieron ahí, pero que no sabíamos apreciar.
Es mucho más difícil permanecer indiferentes ante aquello que amamos. La anestesia necesita distancia. El vínculo, en cambio, exige cercanía.
Cuanto más te alejes de aquello que te da la vida, más lejos estarás también de ti misma. Porque no terminamos en los límites de nuestra piel.
Y cuanto más te acerques a lo vivo, cuanto más lo mires, lo conozcas y te reconozcas formando parte de ello, más cerca estarás también de ti.
Y es que, hay caminos de regreso a una misma que no llevan hacia dentro, sino hacia la tierra.