18/08/2026
El TDAH, el árbitro y esa extraña necesidad de que nos quieran
Hay una cosa curiosa en el ser humano: no solo necesitamos comer. También necesitamos que alguien nos mire y piense: «Sí, tú perteneces aquí».
Durante miles de años, compartir el plato probablemente fue una de las formas más claras de decirlo: eres de los nuestros. Después inventamos cosas más sofisticadas: el honor, el prestigio, el reconocimiento, los likes… y, finalmente, LinkedIn.
El problema es que el cerebro puede convertir una necesidad razonable en una pequeña dictadura:
«Si me reconocen, estoy bien. Si no me reconocen, algo debe estar mal conmigo».
Y aquí el TDAH adulto tiene una relación bastante particular con este asunto.
Una persona con TDAH puede ser especialmente sensible a las señales sociales: una respuesta que no llega, una mirada rara, una crítica, sentirse ignorada, no recibir el reconocimiento esperado. Y entonces aparece una especie de detective interno:
¿Qué quiso decir?
¿Estará enfadado?
¿Habré hecho algo mal?
¿Por qué no me contestó?
¿Y si ya no le caigo bien?
Y mientras tanto, el cerebro ya ha producido una miniserie de ocho capítulos.
Pero quizá el entrenamiento psicológico no debería consistir solamente en aprender a conseguir reconocimiento.
Quizá también habría que aprender qué hacer cuando el reconocimiento no llega.
Aquí me gusta pensar en el árbitro de fútbol.
El árbitro entra en un campo donde 50.000 personas pueden considerar que acaba de cometer el peor crimen desde la invención del fuera de juego. Y, sin embargo, tiene que mirar la siguiente jugada.
No puede controlar que lo quieran.
Puede controlar cómo responde.
Esto es especialmente importante en el TDAH adulto: aprender a diferenciar entre «no me han reconocido» y «no valgo».
Porque son cosas completamente distintas.
La primera puede doler.
La segunda es una interpretación.
Y quizá ahí aparece una libertad bastante grande:
Querer ser reconocido sin convertirse en esclavo del reconocimiento.
Hegel habría disfrutado bastante con esto: necesitamos a los demás para construir nuestra identidad, pero también necesitamos llegar a un punto en el que nuestra existencia no dependa completamente de su mirada.
Y hay una paradoja todavía más bonita.
La humanidad pasó de intentar descubrir las leyes de la naturaleza a descubrir que quienes formulan esas leyes también tienen deseos: curiosidad, ambición, rivalidad, prestigio, ganas de ser reconocidos.
Incluso la ciencia, que pretende describir un universo impersonal, está hecha por animales que quieren que otros animales digan:
«Buen trabajo».
Quizá el TDAH no sea solo una cuestión de atención.
Quizá también tenga algo que enseñarnos sobre qué hacemos con nuestra atención cuando estamos esperando que alguien nos diga que estamos bien.
Y ahí empieza otro entrenamiento:
No dejar de querer el abrazo.
Aprender a seguir caminando cuando el abrazo tarda.
Y, si hace falta, pitar el fuera de juego y continuar.
Aunque desde la grada alguien diga que no tienes ni idea.
Spoiler: probablemente tampoco la tenía el que gritaba.