01/11/2026
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Nos enseñaron a temer al sol, pero nos acostumbraron a vivir bajo una luz artificial hasta bien entrada la noche.
Qué curioso progreso: hemos aprendido a iluminarlo todo, a cambio de apagarnos a nosotros.
La luz no sirve únicamente para ver. Es información biológica que nuestro organismo interpreta constantemente. En nuestros ojos existe un sistema de fotorrecepción, en el que participa la melanopsina, que comunica al cerebro información sobre el entorno lumínico y contribuye a sincronizar nuestros ritmos circadianos.
La luz que recibimos, su intensidad, su espectro y, especialmente, el momento del día en que nos exponemos a ella pueden influir en nuestra melatonina, nuestro descanso y nuestra regulación metabólica.
La luz azul no es el enemigo. Forma parte de la luz natural del día. El problema aparece cuando pretendemos convertir la noche en día y esperamos que nuestra fisiología no se entere.
Nos preocupamos por los macronutrientes, las calorías, los suplementos y las analíticas.
Pero ¿cuántas veces nos preguntamos qué mensaje le estamos enviando a nuestro cerebro cada noche?
Podemos invertir muchísimo dinero en intentar mejorar nuestra salud y seguir ignorando algo tan elemental como la alternancia entre luz y oscuridad.
Y no, unas gafas rojas no sustituyen unos buenos hábitos. Son una herramienta para reducir determinadas longitudes de onda de la luz artificial nocturna. La prioridad sigue siendo recuperar la oscuridad.
La evolución no ha actualizado nuestra biología al ritmo al que hemos actualizado nuestra tecnología.
No se trata de rechazar el progreso.
Se trata de dejar de confundir comodidad con salud.
Porque volver a ser humano también significa recuperar el respeto por el sol, la noche y nuestros ritmos biológicos.
La salud no empieza únicamente en tu plato. También empieza en el entorno en el que vives.
LA NUTRICIONADORA
¿De qué sirve cuidar tanto lo que comes si ignoras la luz bajo la que vives?
Te leo en comentarios.