23/10/2026
Me ha llevado muchos años como profesora de yoga y meditación hacer las paces con esto. Tener las herramientas, los conocimientos, la formación... Pero sentirme una intrusa. El síndrome del impostor.
He hablado con muchas personas a lo largo de estos años, y creo que es bastante común. El miedo a no ser perfecta, a cometer errores, a que emitan juicios sobre ti.
Eso para mí ha sido una carga emocional muy grande durante mucho tiempo. Vivir pensando en que había infinidad de momentos en mi vida en que no era coherente con lo que enseñaba.
Esto es algo que nos pasa a los profesionales del bienestar: vivimos con la losa de tener que ser perfectos todo el tiempo. Creo que en cualquier profesión se acepta que alguien pueda tener un mal día, o que pueda parecer estar bien ante sus clientes, pero que solo sea una máscara y que en realidad esté harto de todo.
Sin embargo, para nosotros no existe ninguna disculpa. En el momento en que sueltas el control, la imagen (aunque no estés en clase) eres señalada. "¡Cómo puedes enfadarte?! ¡Qué haces mirando el móvil! ¿Por qué no tienes paciencia!?" Son cosas que se me ocurren.
Hace poco alguien se sorprendía porque me expongo en redes sociales, grabo vídeos de youtube donde hablo de amar al cuerpo, de amar quién eres, sin entender bien que cuando estoy delante de la cámara, hay un gran proceso interno en mí. Una revolución y un miedo atroz que simplemente dejo estar y sigo adelante.
Y eso merma muchísimo. Por eso, todavía estoy en proceso de hacer las paces con quien soy. De aceptar que soy un ser humano. Que compartir no es demostrar. No tengo que demostrar nada... Solo ser yo misma. Y ser yo misma significa que también tengo mis luces y mis sombras y que no soy perfecta ni tampoco quiero serlo.
Y nada de eso me inhabilita para seguir enseñando lo que sé, lo que he estudiado, lo que voy desarrollando cada día de mi vida desde hace casi 20 años.