30/09/2026
Uno de los momentos más importantes de nuestras vidas ocurrió hace unos meses.
En marzo le dimos la bienvenida a nuestro hijo Atlas.
Ya desde antes de su llegada veníamos sintiendo la necesidad de parar, de darnos ese espacio para recibirlo de forma lenta y amorosa, y para sostener el cambio en la familia de manera que nuestra hija mayor, Maya, pudiera integrarlo de forma positiva y armónica.
Fueron meses de preparación y de adaptación a la realidad de la vida con un nuevo miembro… y de darnos cuenta de que nuestro corazón puede albergar más amor del que siquiera podíamos imaginar.
El parto, esa transición sagrada a la vida que marca el resto de la existencia, y esos momentos posteriores tan delicados y profundos, en los que todo lo demás puede esperar.
Porque la crianza de nuestros hijos es para nosotros tan fundamental como nuestro propio desarrollo.
Ellos son nuestros maestros.
Nos van mostrando aquellas heridas del corazón que el cuerpo grita y la mente calla… y cómo, a través del reflejo que nos brindan, podemos convertirnos cada día en una mejor versión del ser humano que estamos llamados a ser.
Gracias, Atlas, por expandir aún más nuestro corazón.