08/10/2026
Me lo dijo un pajarito:
En algunas familias, las mujeres heredaron la vajilla, la receta de los buñuelos y la obligación de no incomodar. La vajilla podía romperse; la obligación, Dios nos librara.
A muchas abuelas les tocó una vida con pocas puertas abiertas. Separarse podía costarles el sustento, los hijos o el saludo de una sociedad que juzgaba con dureza a una mujer que decidía irse. Hicieron lo que pudieron con lo que tenían.
Después, aquella manera de sobrevivir fue adquiriendo prestigio. «Tu abuela nunca se quejó», se decía en la mesa, como si el silencio probara que nada le había dolido. Se celebraba su fortaleza sin preguntar cuánto le había costado.
Nuestras madres recibieron parte de esas enseñanzas. Aprendieron a reconocer el cansancio de todos y a negociar con el propio: un ratito más, después descanso, primero ustedes. Algunas nos enseñaron, con todo su amor, a hacernos pequeñas para que cupiera la familia entera.
Por eso un límite puede dejarnos la culpa sentada en el pecho. Seguimos explicando, concediendo otra oportunidad, esperando que nuestra partida le parezca razonable a todo el mundo. Una espera que puede llevarse la vida.
Esa culpa puede ser el eco de lo aprendido. Sentirla no demuestra que estemos haciendo daño.
Elegir distinto tampoco nos vuelve mejores que ellas. Nos hace responsables de las posibilidades que hoy tenemos. Podemos conservar sus recetas, su humor, su forma de recibir con algo caliente, y aprender a cuidarnos también.
Abuela, de ti quiero llevarme la risa. Quiero recordarte por algo más que todo lo que aguantaste. Mi amor por ti tiene un lugar en mi vida; mi sufrimiento no necesita demostrarlo.
Ustedes, las grandes, me dieron raíces; con gratitud las llevo en mí mientras aprendo a andar mi propio camino.
Honrarlas también es permitir que la vida que llegó hasta nosotras tenga dónde descansar.
COLIBRÍ by Karen Chico
La verdad con ternura, la fuerza con consciencia.