24/09/2026
Hay días en los que no comes porque tienes hambre.
Comes porque estás enojado, triste, ansioso, estresado, aburrido… o hasta feliz. Porque sí: también celebramos con comida. 😂
Y no, no siempre es “falta de disciplina”.
Las emociones pueden modificar el apetito, los antojos y la manera en la que respondemos a la comida. El estrés, por ejemplo, activa sistemas hormonales y cerebrales relacionados con el cortisol y la recompensa; y cuando ciertos patrones se repiten, podemos aprender a usar la comida como consuelo, distracción, premio o escape.
Por eso antes de pelearte con la galleta, quizá convenga preguntarte:
¿Tengo hambre… o tengo algo que sentir?
Camina. Respira. Duerme. Habla. Haz ejercicio. Escribe. Y, sobre todo, atiende el problema que está generando esa emoción cuando sea posible. A veces la mejor estrategia nutricional no está en el refrigerador ni con tu nutri.
Para ayudarte a detectar esos patrones hice mi Journal: Mi relación con la comida. No es terapia ni pretende serlo. Es una herramienta para explorar qué pasó, qué sentiste, qué quisiste comer y qué necesitabas realmente.
Y si descubres trauma, ansiedad, tristeza persistente, vergüenza o emociones que están afectando tu vida y tu relación con la comida, ahí mi recomendación es clara: trabájalo con un profesional de la salud mental. Yo me quedo en mi cancha: nutrición. 🧡
Porque quizá no necesitas otra dieta.
Quizá necesitas entender qué te está dando hambre cuando no es hambre.
Not a Diet
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