02/09/2026
Hoy vi esta noticia: un choque múltiple en la Panamericana Norte dejó una persona fallecida y generó una congestión vehicular enorme.
Además de la tristeza por lo ocurrido, la imagen me marcó. Me hizo acordarme inmediatamente de algo que, incluso después de tantos años, sigue apareciendo en mis sueños.
Uno de los sueños que más se me repite es que estoy atrapada en la Carretera Central porque el tren se paró.
Viví en Chaclacayo desde que nací hasta que me casé. Dejaba todo listo la noche anterior para salir con tiempo y poder llegar a trabajar tranquila. Pero había algo que nunca podíamos controlar: el tráfico.
El tren, un camión malogrado, un choque, un paro de transportistas… cualquier cosa podía hacer que la carretera se paralizara.
En esa época demorábamos alrededor de 1 hora y 20 minutos en llegar a Lima, en un buen día. Pero siempre existía la posibilidad de que todo se atracara.
Hoy vivo a media cuadra de mi consultorio y muchas veces mis pacientes me dicen:
“¡Qué suerte que puedes ir caminando!”
Y yo siempre pienso lo mismo:
Ya pagué todos los kilómetros del mundo.
Me acuerdo de llegar a mi casa a las 9:30 de la noche, comer y recién sentarme a hacer las dietas de mis pacientes. Porque en esa época, aunque fuera en taxi, no había internet y no podía adelantar el trabajo en el camino.
Anoche volví a soñarlo. El tren estaba parado y no dejaba avanzar. Yo tenía que correr, tomar un micro, bajarme y buscar cómo avanzar como fuera.
Por suerte, esta vez fue solo un sueño.
Pero hace 15 años era mi realidad.
El lunes pasado un paciente no llegó a su cita. Se la reprogramé para el martes y tampoco llegó.
Cuando le recordé que, según el acuerdo inicial, la cita debía cobrarse, me respondió:
“Las citas son en tu consulta. No dedicas ni tiempo ni gasolina a desplazarte a ningún sitio para atenderme. Nuestras citas duran 10 minutos. El mismo tiempo que tomar un café, hablar por teléfono con un amigo o ir al baño”.
A ti, Mario, te dedico este post.
Y también se lo dedico a mis papás.
Gracias, mamá y papá, por enseñarme desde chica a ponerme en el lugar del otro. Por enseñarme que quien te abre la puerta del banco no es el gerente, sino el portero. Y, sobre todo, por enseñarme que todos los trabajos son dignos y que el tiempo de los demás merece respeto.
Me enseñaron también que lo único que me tiene que dar vergüenza en la vida es robar.
Y robar no es solamente quitarle plata a alguien. También podemos robarle el tiempo a otra persona cuando llegamos tarde, cuando no llegamos o cuando creemos que su tiempo vale menos que el nuestro.
Mario, no te preocupes. No me pagues la cita.
Yo tuve la suerte de que nadie me regaló lo que tengo y, sobre todo, de tener unos padres que me enseñaron a valorar el trabajo, el mío y el de los demás.
Ese tiempo que separé para ti podría habérselo dedicado a otro paciente, a otros clientes o a mi familia.
Una consulta puede durar 10 minutos o una hora. Depende de cada paciente. Y si necesitas una hora, te voy a dar una hora.
Porque quienes damos consultas no cobramos únicamente por los minutos que alguien está sentado frente a nosotros. Reservamos una parte de nuestro día para esa persona. Y ese tiempo tiene un costo de oportunidad.
Esta foto es de Sandra, una paciente que vive en Villa. Ella, como tantos otros pacientes que viven lejos, madruga para llegar a su cita de las 7:00 a. m. y después poder llegar a su trabajo.
Y quizá por eso la noticia de hoy me marcó tanto.
Porque me recordó algo que aprendí desde muy chica:
No todos tenemos las mismas distancias, las mismas facilidades ni las mismas circunstancias. Pero todos podemos aprender a respetar el tiempo y el trabajo de los demás.